A. FERNÁNDEZ-RAÑADA, Los científicos y Dios

Fecha 2/7/2008 12:02:38 | Tema: LIBROS

  Editorial Trotta. Colección: Estructuras y Procesos. Religión. Num. de Edición: 1 Año de Edición: 2008. Fecha de Publicación: 2008. Número páginas: 288.
ISBN: 978-84-8164-963-5.






Sinopsis


Portada. Los científicos y Dios  Aunque los fundadores de la Revolución científica fueron un grupo de pensadores sinceramente creyentes, en el siglo XVIII se inició un proceso de alejamiento entre religión y ciencia, interpretado por algunos como un enfrentamiento inevitable en el que aquélla sería superada por el inmenso poder de ésta. Fruto de una exaltación del reduccionismo científico es la honda fractura que sufre la cultura contemporánea entre quienes pretenden rebajar el papel de la razón y quienes aspiran a revivir con exactitud la pureza de los primeros ideales ilustrados. Sin embargo, en contra de un estereotipo muy extendido, muchos científicos siguieron sintiendo la seducción del enigma de Dios, reflexionando sobre él hasta el punto de elaborar sistemas muy personales de creencias, movidos por el asombro que en ellos producían las leyes de la naturaleza.

Este libro analiza las posturas que mantuvieron ante la idea de Dios y la trascendencia un número de grandes científicos como Faraday, Maxwell, Darwin, Einstein, Planck, Monod, Feynman o Hawking, entre otros. Partiendo de sus testimonios, es posible revisar el problema de las relaciones entre ciencia y religión para conciliar dos necesidades acuciantes: mantener a la razón como un elemento imprescindible para conocer el mundo y resolver sus graves problemas, por un lado, y no olvidarse nunca del sujeto en aras de la objetividad, por el otro.



Reseña de José Javier Etayo

(publicada originalmente en la revista El cultural, 26-6-2008)
Zona de convivencias y desencuentros, carente muchas veces de una línea divisoria entra las dos vías del conocimiento: es ese terreno disputado por las concepciones que dimanan de las observaciones y descubrimientos científicos contra las establecidas por creencias religiosas y postulados trascendentes. En un principio, y durante mucho tiempo, estas últimas dominaron el proceso y pretendieron explicar con argumentos de autoridad todo lo concerniente al universo, a la vida y al hombre. Después, con el nacimiento de la ciencia moderna, asistimos al desbancamiento progresivo de aquellas doctrinas y a la erección de las nuevas como único intérprete de todo saber. A la vista de no pocas declaraciones parece que todavía hoy persisten posturas radicales de uno y otro signo, pero se va abriendo paso un entendimiento de no incompatibilidad entre ambas, de que que la ciencia y la razón operan sobre el mundo natural pero que hay quienes reclaman la creencia en un mundo sobrenatural del que solamente puede informarnos la fe.

El profesor Fernández-Rañada lleva tiempo buceando en estos problemas centrales del hombre. Ésta es la cuarta edición, revisada, desde la primera aparecida en 1994, cuando se propuso estudiar las actitudes de los científicos ante la idea de Dios y a analizar bajo este prisma los grandes temas que parecen más conflictivo: el determinismo y el azar, la evolución, el origen del universo... Trata de otear si las cosmovisiones de los científicos dejan lugar a la existencia de un Dios creador o de alguna realidad no material. Porque de un modo simplista se suele pensar que todos los científicos se oponen radicalmente al trascendentalismo religioso, defendiendo un cientifismo basado en que la ciencia es el único conocimiento verdadero; sin embargo, entre los científicos se reproduce la misma diversidad que se observa entre las demás gentes. La capacidad del razonamiento estrictamente científico para elevarse por sí mismo a cuestiones trascendentales es nula: la existencia de Dios no es problema sobre el que la ciencia tenga una competencia especial. Ya Bacos se oponía a conformar el libro de la naturaleza con el de la Escritura para que no se confundieran ambas enseñanzas, lo mismo que Kepler pidió que ambos textos se interpretaran correctamente.

Y es que aquellos pensadores que fundaron la ciencia moderna en los siglos XVI y XVII, Copérnico, Galileo, Kepler, Newton, Boyle, Descartes o Pascal, fueron creyentes y, aunque con visiones muy personales, sincera y profundamente religiosos. El cientifismo del XIX fundado por Comte a partir del proceso iniciado por la Ilustración, fue impulsado más por sociólogos y filósofos que por científicos y produjo un enfrentamiento entre ciencia y religión que abocaba al ateismo. Pero cada científico siguió vinculado a su creencia o increencia, y así da cuenta el autor, en su más largo capítulo, de la posición de los hombres de ciencia más destacados. Por allí desfilan entre otros Euler, Oersted, Ampère, Faraday, Maxwell, Darwin, Lyell, Einstein, Planck, Heisenberg, Schöridenger, Pauli, Monod, Feyman, Gould..., toda una constelación cuya variedad de posturas acredita esa indefinición del científico ante el hecho religioso cuya naturaleza pertenece a otro ámbito.

Fernández-Rañada es físico teórico y aquí da muestras de esa cualidad. Como científico aporta todos los datos que ha recogido sobre el pensamiento de los representantes más importantes de la ciencia y, con neutralidad admirable, los estudia sin que ninguna afirmación extraña al método científico se interfiera en su argumentación. Trabajo el suyo luminoso, grandemente ilustrativo y digno de respeto y aceptación. No sé si deja traslucir también, inevitablemente, su posición personal ante el hecho religioso pero sin que ello llegue a hipotecar la corrección de su razonamiento.


FIN DE LA RESEÑA


Extracto del libro:El siglo XX: Einstein y Planck

Antonio Fernández-Rañada  El siglo XX se abre con las dos grandes figuras de Max Planck y Albert Einstein. Examinemos sus opiniones. Albert Einstein es uno de los dos o tres científicos más grandes de la historia. También es reconocido como un icono de su época y como tal fue nombrado hace poco "Persona del siglo xx" por la revista norteamericana Time. Como explicó en varios escritos y conferencias, su intenso sentimiento religioso emanaba de la emoción producida por el orden y la armonía del cosmos49. No veía ninguna incompatibilidad entre ciencia y religión, ni creía que ésta pueda ser eliminada o sustituida por la ciencia (pero conviene advertir que opinaba así de la religión en cuanto actitud personal, no de las iglesias organizadas socialmente). Durante una reunión en una casa de Berlín en 1927, el crítico Alfred Kerr se extrañó de haber oído que era profundamente religioso, tomándoselo a broma. Uno de los asistentes, el diplomático y escritor conde Harry Kessler, describió en su diario la escena. Según él, Einstein respondió a Kerr con calma:

Sí, lo soy. Al intentar llegar con nuestros medios limitados a los secretos de la naturaleza, encontramos que tras las relaciones causales discernibles queda algo sutil, intangible e inexplicable. Mi religión es venerar esa fuerza, que está más allá de lo que podemos comprender. En ese sentido soy de hecho religioso.

Y en una carta de 1936: "Las leyes de la naturaleza manifiestan la existencia de un espíritu enormemente superior a los hombres [...] frente al cual debemos sentirnos humildes. El cultivo de la ciencia lleva por tanto a un sentimiento religioso de una clase especial, que difiere esencialmente de la religiosidad de la gente más ingenua"5.

En 1929, el rabino Herbert Goldstein, de la Sinagoga Institucional de Nueva York, preocupado por una crítica negativa del cardenal de Boston O'Connor, envió a Einstein un telegrama diciendo: "¿Cree usted en Dios? Stop. Respuesta prepagada de cincuenta palabras"52. La contestación fue: "Creo en el Dios de Spinoza que se revela en la armonía del mundo, no en un Dios que se ocupa del destino y los actos de los seres humanos". Einstein sentía una gran admiración por el filósofo Baruch Spinoza, cuyas obras había estudiado ya en su juventud y cuya visión del mundo le resultaba próxima a la que él mismo había elaborado a partir de la física del siglo xix. El sistema filosófico de Spinoza es un panteísmo en el que Dios, todo razón, geometría y lógica, se identifica con la estructura del orden cósmico impersonal, y es una deidad sin propiedades éticas, pues lo bueno y lo malo sólo se refieren a los deseos humanos. Es pues un Dios no providente que no interviene en el mundo. Se trata de un sistema inexorablemente determinista en el que el objeto último de la religión sólo puede ser la armonía del universo. O sea que el Dios de Einstein, como el de Spinoza, no es personal.

Esta opinión, tan contraria a la tradición cristiana, causó escándalo en algunos medios religiosos conservadores y fue interpretada por algunos ateos como una defensa de su punto de vista. A Einstein, sin embargo, siempre le molestó ser considerado como ateo, refiriéndose a quienes así lo hacían para aprovecharse de su autoridad con expresiones duras, como "esos ateos fanáticos cuya intolerancia es análoga a la de los fanáticos religiosos y tiene el mismo origen. [...] Son criaturas que no pueden soportar la música de las esferas"5.

Einstein desarrolló sus ideas en un famoso artículo en New York Times Magazine. Según él hay tres estadios de la experiencia religiosa. Primero la religión del miedo (al hambre, la enfermedad, los animales, la muerte), propia de los hombres primitivos. La segunda es la religión moral o social caracterizada por el deseo de guía, amor y apoyo y la creencia en un Dios que premia y castiga y que ofrece vida tras la muerte. Estas dos fases corresponden en el cristianismo al Antiguo y el Nuevo Testamento. Tras ellas viene, en tercer lugar, lo que él llama el sentimiento cósmico religioso, por el que el hombre percibe con asombro el sublime y maravilloso orden y armonía de la naturaleza que la ciencia moderna ayuda a comprender, al tiempo que siente la inutilidad y la pequeñez de los deseos humanos. Se trata, dice, de algo difícil de explicar a quien no lo tiene porque no se corresponde con ninguna idea antropocéntrica.

Einstein cree que el sentimiento cósmico religioso se ve ya en los Salmos de David y en algunos profetas y, de modo más intenso, en el budismo. Han avanzado por esa vía y lo han sentido personas de estilos vitales muy diferentes; algunos han sido considerados santos, otros herejes o incluso ateos. Como ejemplos, menciona a Francisco de Asís, a Spinoza y a Demócrito (el sentimiento cósmico religioso se manifiesta en el amor por las criaturas o las cosas de Francisco, por eso los ecologistas lo consideran su patrono, en la adoración por el mundo de Spinoza y en la pasión por el conocimiento de Demócrito). No le parece fácil llegar al tercer estadio pues, aunque el orden del cosmos está ahí delante de nosotros, se necesita un proceso de ascesis personal para lograr percibirlo como misterio, llegando a afirmar: "La función más importante del arte y de la ciencia es despertar el sentimiento de la religiosidad cósmica en quienes lo buscan" (también dijo otra vez: "En esta época, la ciencia cumple esa función mejor que el arte").

Pero, aunque la tercera fase le parecía la más perfecta, no criticaba la segunda. Poco después de su respuesta al rabino Goldstein, recibió de Eduard Büsching, de Stuttgart, un libro de éste titulado No existe Dios, publicado con el pseudónimo de Karl Eddi, que atacaba mucho a la religión. En una carta, Einstein le agradeció el libro, pero añadiendo:

Los seguidores de Spinoza vemos a Dios en el orden maravilloso de lo que existe. [Pero] criticar la fe en un Dios personal es otra cosa. Así lo hace Freud en su última publicación. Yo nunca lo haría, pues tal creencia me parece preferible a la falta de toda visión trascendente de la vida.

La relación entre ciencia y religión le parecía estrecha e importante. En una conferencia dada en un congreso de teología en Nueva York en 1940 afirma:

La ciencia sólo puede ser creada por aquellos fuertemente imbuidos de la aspiración hacia la verdad [...]. Este sentimiento surge de la esfera de la religión [...]. La situación puede expresarse de este modo: la ciencia sin religión está coja, la religión sin ciencia está ciega.

Para Einstein no hay incompatibilidad entre religión y ciencia, y así dice en otro texto:

¿Existe en verdad una contradicción insuperable entre religión y ciencia? ¿Puede la ciencia suplantar a la religión? A lo largo de los siglos, las respuestas a estas preguntas han dado lugar a considerables polémicas y, más aun, a luchas denodadas. Sin embargo, no me cabe duda alguna de que una consideración desapasionada de ambas cuestiones sólo puede llevarnos a una respuesta negativa.

La sensación de armonía universal fue muy importante en su carrera científica, hasta el punto de decir: "Creo que, en estos tiempos, los únicos profundamente religiosos son los investigadores científicos serios". En otro escrito de 1934 insiste en la idea de asombro ante el orden cósmico y en la sensación del misterio. Dice allí textualmente:

Difícilmente encontraréis entre los talentos científicos más profundos uno solo que carezca de un sentimiento religioso propio. Pero es algo distinto a la religiosidad del lego. Para éste, Dios es un ser de cuyos cuidados uno puede beneficiarse y cuyo castigo teme... Para el científico [Dios] está imbuido de la causalidad universal.

Como vemos, la idea de misterio juega un papel muy importante en su visión, y así lo explica en un ensayo titulado "El mundo tal como yo lo veo" de 1930 (por cierto, una grabación con la voz del mismo Einstein fue destruida por los nazis y el texto estuvo perdido hasta 1966):

La experiencia más bella que podemos tener es sentir el misterio [...]. En esa emoción fundamental se han basado el verdadero arte y la verdadera ciencia [...]. Esa experiencia engendró también la religión [...], percibir que [tras lo que podemos experimentar] se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, la razón más profunda y la belleza más radical, que sólo nos son accesibles de modo indirecto -ese conocimiento y esa emoción es la verdadera religiosidad-. En ese sentido, y sólo en ese, soy un hombre religioso. Pero no puedo concebir un Dios que premia y castiga a sus criaturas.

Sin embargo y en contra de lo que podría sugerir este último párrafo, Einstein rechazaba el calificativo de místico que alguna vez le fue aplicado. Una actitud plenamente racional como la suya le parecía muy distinta a la de los místicos.

En una entrevista de 1930, explica lo que para él es el misterio con esta parábola:

Somos como un niño que entra en una biblioteca inmensa, cuyas paredes están cubiertas de libros escritos en muchas lenguas distintas. Entiende que alguien ha de haberlos escrito, pero no sabe ni quién ni cómo. Tampoco comprende los idiomas. Pero observa un orden claro en su clasificación, un plan misterioso que se le escapa, pero que sospecha vagamente. Ésa es en mi opinión la actitud de la mente humana frente a Dios, incluso la de las personas más inteligentes.

La idea de un Dios no personal parece ajena a las religiones monoteístas. Sin embargo algunos teólogos cristianos la encuentran interesante y asumible con alguna cualificación. Así el protestante Paul Tillich opinaba que la inaccesibilidad de Dios hace necesario el uso de símbolos para hablar de él, de modo que el predicado "personal" sólo puede aplicarse a la deidad de modo simbólico o por analogía; o el católico Hans Küng, tras conceder un gran valor religioso a la manera en que Einstein concibe la causalidad universal, dice en su libro ¿Existe Dios?:

Cuando Einstein habla de razón cósmica y ciertos pensadores orientales de "nirvana", "vacío", "nada absoluta", hay que considerarlo como expresión del respeto ante el misterio del Absoluto, frente a determinadas concepciones "teístas" y excesivamente humanas sobre Dios [...].

La esencia divina, que desborda todas las categorías y es absolutamente inconmensurable, implica que Dios no sea personal ni apersonal. [...]

El término "persona" es una cifra de Dios [en el sentido de texto escrito en clave].


La esencia divina, que desborda todas las categorías y es absolutamente inconmensurable, implica que Dios no sea personal ni apersonal. [...] El término "persona" es una cifra de Dios [en el sentido de texto escrito en clave].

Es muy característico que las ideas religiosas de Einstein se basan en una idea particular de Dios pero no implican consideraciones éticas. Pues, si no existe el libre albedrío porque nuestros actos están ya fijados por el férreo determinismo universal, ¿cómo entender la responsabilidad ética?, ¿tiene sentido rechazar algunas conductas como el asesinato o el robo? Él explicaba la máxima cristiana "Ama a tu enemigo" diciendo:

No puedo odiarle porque debe hacer necesariamente lo que hace [por necesidad interna o externa. En este punto] estoy pues más cerca de Spinoza que de los profetas. Por eso no creo en el pecado.

Pero, cuando se conocieron los detalles del Holocausto, se sintió horrorizado, exclamando: "Los alemanes, todo ese pueblo entero, son responsables por esos crímenes en masa y deben ser castigados si hay justicia en el mundo".

A pesar de ello, Einstein concedía una gran importancia a la ética, lo que le impulsó a defender posturas pacifistas. Su último acto signifi- cativo fue firmar, pocos días antes de morir, el llamado Manifiesto Russell- Einstein que llamaba la atención de los científicos y de la opinión pública sobre el riesgo de una guerra nuclear y que propone medidas para evitarla65 (como consecuencia se fundó el movimiento Pugwash de científicos, que recibió el premio Nobel de la Paz de 1995 a los cincuenta años de las explosiones de Hiroshima y Nagasaki). Pero, si tomamos en serio sus ideas, ¿qué sentido tiene intentar evitar una guerra que se producirá o no por pura necesidad, sin que nadie pueda cambiar el curso de los sucesos? La contradicción es evidente.

El primero en señalarla, en 1931, fue Robert A. Millikan, premio Nobel en 1909 (quien había realizado los experimentos que demostraron que la teoría de Einstein del efecto fotoeléctrico es correcta y que lo conocía personalmente), al decir:

Me parece imposible que sea determinista un hombre que tiene sentido de su responsabilidad social, pues ésta significa libertad de elección y autocrítica como consecuencia de haber tomado decisiones equivocadas.

Conviene examinar esta contradicción.

En contra de lo que se suele pensar, Einstein no fue el primero de los físicos modernos, sino el último de los clásicos. Aunque contribuyó de modo decisivo a la física del siglo xx, sus modos de pensar estaban profundamente enraizados en el determinismo de la física del xix (por eso admiraba a Spinoza). A ello se debe su oposición a las ideas de la física cuántica, basadas en leyes probabilistas y en la existencia de un azar objetivo en el mundo atómico. Nunca las aceptó (aunque, por una ironía de la historia, él mismo había contribuido a su creación). Su conocida frase "No creo en un Dios que juegue a los dados" expresa su rechazo a algo que le disgustaba profundamente: que en la física atómica los electrones y las otras partículas tengan comportamiento aleatorio, como si obedeciesen a los dados que alguien está tirando.

Sobre ello mantuvo una polémica con Niels Bohr a lo largo de treinta años, explicada ya en el capítulo 4. En sus esfuerzos por obtener un nuevo esquema determinista que sustituyese a la teoría cuántica, llegó incluso a negar el tiempo como posibilidad del devenir, apostando claramente por la necesidad frente al azar. Cuando su amigo de juventud Michele Besso falleció poco antes que él mismo, escribió a su hermana y a su hijo una carta diciendo: "Michele se me ha adelantado en dejar este mundo. Poco importa. Para nosotros, físicos convencidos, el tiempo no es más que una ilusión, por persistente que parezca"67. Con ello quería decir que, si todo está determinado, no puede aparecer nada nuevo que no estuviese ya antes de algún modo. Nótese que el fluir del tiempo implica la aparición de novedades, ideas que surgen, canciones que alguien compone, personas que nacen. En ese sentido negó Einstein el tiempo: en la dualidad entre el ser y el devenir, sólo veía el primero, tomando al segundo como una mera ilusión.

Pero, según el juicio prácticamente unánime de los físicos de hoy (aunque con algunos disidentes respetables), Einstein estaba equivocado en este punto y Bohr llevaba razón. El resultado de una serie de brillantes experimentos realizados en las últimas décadas confirma la idea de que la ciencia del siglo XX es mucho menos determinista que la del XIX, combinando el azar y la necesidad en la suficiente medida como para admitir que el devenir es tan importante como el ser y que lo que cambia y lo que permanece tienen valores comparables. Hoy vemos el cosmos como un proceso histórico, la sucesión de varias evoluciones encadenadas -cósmica, biológica, cultural y personal- cuyo futuro no conocemos bien, pues habrá en él novedades no previsibles hoy.

Cabe, por ello, preguntarnos qué pensaría Einstein sobre Dios y el misterio si hubiese llegado a aceptar el indeterminismo esencial de los constituyentes básicos de la materia -lo que probablemente habría hecho de haber vivido hoy en la plenitud de sus facultades-. ¿Admitiría la aparición de formas realmente nuevas en el mundo? ¿Creería en la libertad personal? ¿Cambiaría su visión de la ética? ¿Cómo concebiría a Dios? Sin duda tienen estas preguntas el fascinante atractivo de las que nos incitan pero nadie puede contestar.

Otro ejemplo interesante es Max Planck, quien abrió el camino al mundo cuántico con su famosa hipótesis. Nieto y biznieto de pastores y teólogos luteranos, Planck no veía ninguna contradicción entre ciencia y religión; más aún: encontraba convergencias y paralelismos68. La impresión producida por el orden y armonía de las leyes de la naturaleza, muy marcada en él, fue motor y estímulo de su trabajo. Einstein decía que "el anhelo de contemplar esa armonía es la fuente de la paciencia y perseverancia inagotables con que Planck se ha dedicado a la ciencia", y añade que la intensidad de su dedicación no se debe a la disciplina o a la fuerza de voluntad, pues su actitud mental es "la de un hombre religioso o un amante; el esfuerzo diario no nace de ningún programa o intención deliberada, sino directamente del corazón", descripción que no deja de recordar a la que Johannes Kepler, el descubridor de las leyes del movimiento planetario, hacía de su dedicación a la ciencia.

A su famosa ley de la radiación electromagnética le llevó precisamente la búsqueda de lo Absoluto, que creyó haber encontrado en su constante de acción h gobernadora del intercambio de energía entre la materia y la radiación. Así lo veía él:

Nuestro punto de partida es siempre relativo. Así son nuestras medidas [...]. A partir de los datos obtenibles, se trata de descubrir lo Absoluto, lo General, lo Invariante que se oculta tras ellos.

Para él, esto es muy significativo, la ciencia no permitirá nunca explicarlo todo: siempre estaremos frente al misterio. Textualmente afirma:

El progreso de la ciencia consiste en descubrir un nuevo misterio cada vez que se cree haber resuelto una cuestión fundamental [...]. La ciencia es incapaz de resolver el misterio último de la naturaleza [la cursiva es mía].

Esta sensación de asombro maravillado ante el orden y armonía del cosmos se fue acentuando a lo largo de su vida, pero fue también alejándose de la idea de un Dios personal en una convergencia hacia el punto
de vista de Einstein. Desde los años treinta se fue interesando cada vez más por la religión y empezó a dar conferencias sobre su relación con la ciencia, insistiendo siempre en la falta de oposición entre ellas al decir:
Las ciencias de la naturaleza atestiguan un orden racional al que la naturaleza y la humanidad están sometidas, pero un orden cuya esencia íntima permanece incognoscible [...]. Los resultados de la investigación científica [...] nos confirman nuestra esperanza en el progreso constante de nuestro conocimiento de los caminos de la razón todopoderosa que gobierna el mundo.

Confesaba luego su creencia en que Dios es percibido directamente por el individuo religioso, aunque no pueda ser aprehendido por la razón y solía terminar con un párrafo vibrante que hablaba de "una batalla común de la ciencia y la religión, una cruzada que nunca termina cuyo grito de llamada es y será siempre: ¡Hacia Dios!".

Tras oír esas opiniones puede parecer extraño que no creyera en un Dios personal, tanto más cuanto que solía participar en actos de culto como miembro de un consejo de ancianos de un templo cristiano de Berlín, pero él lo decía muy claramente: "Siempre he sido profundamente religioso, pero no creo en un Dios personal y mucho menos en un Dios cristiano". Por ello, su postura ha sido interpretada como una forma de panteísmo. Sin embargo, su Dios tenía ciertamente rasgos personales, pues Planck expresaba su confianza en él y su relación de dependencia. Cuando en 1944 su hijo Erwin, a quien se sentía profundamente unido, fue ejecutado por los nazis por su implicación en el frustrado atentado contra Hitler -otro hijo había muerto durante la primera guerra mundial y sus dos hijas gemelas, de sobreparto las dos-, escribió a su amigo Alfred Bertholet el 28 de marzo de 1945:

Lo que me ayuda es que considero un favor del cielo que, desde mi infancia, hay una fe plantada en lo más profundo de mí, una fe en el Todopoderoso y Todobondad que nada podrá quebrantar. Por supuesto, sus caminos no son los nuestros, pero la confianza en él nos ayuda en las pruebas más duras.

Estas palabras sólo tienen sentido si para él Dios era un ser que puede ser considerado como personal, con el que se puede tener una relación de yo a tú, no de yo a ello. Aunque no se sentía identificado con ninguna iglesia, participaba en sus ritos, lo que se explica por su aceptación del lenguaje simbólico como vía de acercamiento a Dios, pues para él un símbolo religioso era una indicación o un camino hacia algo superior e inaccesible a los sentidos que, aunque efímero y relativo, sugiere una vía hacia lo inmutable y lo absoluto. En eso radica la mayor diferencia entre Planck y Einstein: para este último la verdadera forma de la religión es la ciencia, mientras Planck las consideraba como dos estructuras distintas que no se oponen entre sí.



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