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NOTICIAS : Fallece el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard
Enviado por Anónimo el 9/3/2007 12:09:06 (11287 Lecturas)

Jean Baudrillard  El filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard, feroz crítico de la sociedad de consumo y uno de los teóricos de la posmodernidad, murió ayer martes en París a los 77 años.


Jean Baudrillard  Baudrillard, uno de los fundadores de la revista "Utopie" y próximo a Roland Barthes, publicó medio centenar de obras, entre ellas Le système des objets (1968), La société de consommation (1970), Simulacres et simulation (1981), La guerre du Golfe n'a pas eu lieu (1991) o Amérique (1997). Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos le inspiraron Requiem pour les Twin Towers (2002), año en el que publicó también L'esprit du terrorisme.

Germanista de formación y traductor de Bertold Brecht, Baudrillard refutó el pensamiento científico tradicional y basó su filosofía en el concepto de virtualidad del mundo aparente. Además de arremeter contra la sociedad de consumo y considerar a las masas como cómplices de esa situación, desarrolló en las últimas décadas una crítica radical a los medios de comunicación.

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Fuente: elcultural.es, 7-3-2007
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Enviado: 9/3/2007 12:36  Actualizado: 9/3/2007 12:38
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 Artículos sobre Jean Baudrillard
Hola a todo el mundo, os adjunto aquí una serie de artículos aparecidos en El País con motivo de la triste noticia.

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Jean Baudrillard, sociólogo y crítico de la sociedad de consumo.

Su filosofía cuestionó el pensamiento científico tradicional.

J. M. MARTÍ FONT 07/03/2007

Jean Baudrillard nació en Reims, Francia, en 1929. Fue uno de los pensadores contemporáneos más influyentes, el crítico por excelencia de la sociedad de consumo y los medios de comunicación. Entre sus libros destacan La sociedad de consumo, América, y Cultura y simulacro. Falleció el 6 de marzo a los 77 años.

¿Moralista o nihilista? "Hay que vivir en inteligencia con el sistema y en revuelta contra sus consecuencias. Hay que vivir con la idea de que hemos sobrevivido a todo". Así pensaba Jean Baudrillard, el crítico por excelencia de la sociedad de consumo y de sus mecanismos, así como de los medios de comunicación de masas, que murió ayer en París a los 77 años.

Autor prolífico, con una obra que supera el medio centenar de libros, Baudrillard nació en Reims en 1929 en el seno de una familia campesina. Nada parecía destinarle a una carrera en el campo del pensamiento, pero un profesor de su instituto le inició en la patafísica, una ciencia paródica imaginada por el escritor Alfred Jarry, supuestamente dedicada al estudio de las soluciones imaginarias y las leyes que regulan las excepciones.

Con este punto de partida en el bolsillo -que le sirvió para "romper con toda la falsa seriedad filosófica", según sus propias palabras-, el joven Baudrillard llegó a París en 1948 y estudió Filología germánica en La Sorbona. Entre 1960 y 1966 enseñó alemán "sin demasiado entusiasmo" y tradujo, entre otros, a Karl Marx, Bertolt Brecht o Peter Weiss. Un periodo de su vida en el que comulgó con "un cruce de marxismo y psicoanálisis que encarnaba Marcuse" y en el que se encontraba también próximo a la tesis situacionista de Guy Debord.

A partir de 1966 se dedica a enseñar Sociología en la Universidad de Nanterre, una opción que parece más fruto de la casualidad que de la vocación, si hay que dar crédito a sus palabras. "Con los diplomas que tenía", explicó, "no tenía otra posibilidad. En 1965, la Sociología era la única disciplina que estaba abierta y al principio tuve que aprender a medida que la enseñaba a mis alumnos".

En 1968 presentó su tesis ante un tribunal compuesto por pensadores del calibre de Roland Barthes, Pierre Bordieu y Henri Lefebre. Formó parte del equipo fundador de la revista Utopie y fue también en el año emblemático de todas las utopías cuando publicó su primer libro de sociología, El sistema de los objetos, en el que diseccionaba la sociedad de consumo y profetizaba su decadencia; un tema sobre el que volvería una y otra vez, especialmente con su obra La sociedad de consumo, de 1970.

Pronto deja atrás el marxismo y se convierte en sospechoso para el establishment intelectual de izquierdas, y desarrolla una particular teoría a caballo de la Europa próspera de los llamados "treinta gloriosos" (1950-1980). Las masas ya no serían las víctimas del sistema social, sino cómplices del modelo que las enriquece a cambio de su alienación. Desarrolla entonces una filosofía sobre la crítica del pensamiento científico tradicional y el concepto de virtualidad del mundo aparente, de la que es buena muestra Simulacros y simulación, de 1981. Un viaje por Estados Unidos le inspira en 1986 América, un texto extraordinario, iluminado, en el que viene a decir: "América es la versión original de la modernidad; nosotros somos la versión subtitulada. América es la utopía realizada".

Su estilo se hace cada vez más mordaz y áspero, y sus aforismos, más herméticos. Y él mismo lo reconoce: "Lo que yo escribo tendrá cada vez menos posibilidades de ser comprendido. Pero éste es mi problema. Estoy en la lógica del desafío". En 1991 publica La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos le inspiraron Requiem por las torres gemelas en 2002, año en el que publicó también El espíritu del terrorismo.

En los últimos años, consecuente con sus ideas, su presencia en los medios de comunicación era cada vez más escasa. En 2001, sin embargo, aún publicaba varias crónicas en el diario Libération. Se consideraba un resistente: "La cobardía intelectual se ha convertido en la auténtica disciplina olímpica de nuestro tiempo", sentenció.

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JOSÉ LUIS PARDO: En la muerte de Jean Baudrillard
El pensamiento como provocación

JOSÉ LUIS PARDO 08/03/2007

Marx comenzaba el primer libro de su "crítica de la economía política" con la constatación de que el mundo moderno presenta una imagen indiscutible: es una gigantesca acumulación de mercancías. O, lo que es lo mismo, una gigantesca acumulación de valor. El hecho manifiesto de que este valor no guarda proporción con la utilidad de los objetos que lo ostentan proporcionaba a Marx la ocasión de una crítica radical de la sociedad industrial -una sociedad en la cual el valor de cambio ha eclipsado por completo al valor de uso: no circula lo que vale, sino que vale únicamente lo que circula- y de la consiguiente resolución del enigma del capitalismo: el trabajo humano abstracto e indiferenciado como origen secreto de la estructura social.

Cuando Baudrillard, al comienzo de su carrera como teórico, publicó su Crítica de la economía política del signo, todo invitaba a ver su discurso como una versión, ampliada y actualizada por el desarrollo de la sociedad de consumo y el impacto del estructuralismo, de una crítica que se atenía en lo esencial a esas mismas coordenadas: en la hipertrofiada acumulación de signos que constituye el rostro del mundo postindustrial, la incesante circulación de significantes no obedece al contenido de los significados que vehiculan, sino que es perfectamente autónoma con respecto a ellos y encierra en sí misma un valor independiente de todo significado, el valor "simbólico" generalizado y descualificado. Sin embargo, ya en aquella temprana perspectiva Baudrillard mostraba su distancia con respecto a las nociones de "subversión" o de "alienación" y buscaba en otras fuentes, de la mano de una antropología inspirada en Bataille, un nombre con el cual designar a lo que podría poner límite a esa circulación infernal y vacía.

La época que le tocó vivir fue ampliando hasta tales extremos la proliferación de lo simbólico vaciado de todo contenido, la sustitución de lo real por la hiperrealidad, el relevo de la experiencia por la simulación y de la política por el espectáculo, que en el curso de su propia reflexión tuvo que ir modificando, no solamente su propio análisis (la crítica normalizada de la sociedad de consumo ya se había convertido en una mercancía consumible entre otras, y el crítico en una suerte de showman venido a menos), sino también la definición de a qué cosa puede llamarse "crítica" en los tiempos que corren y de cuál ha de ser en ellos el lugar del intelectual.

Con un gesto que cambia el impulso subversivo por la tendencia a la perversión, y que asume la estelarización del intelectual obligándose a otorgar a su palabra el régimen de la provocación, Baudrillard fue poco a poco especializándose en lo que podríamos llamar una "estética de lo peor": con una mirada única, capaz de reunir el pesimismo más benigno con la esperanza más maliciosa, veía en la propia vocación totalizante y totalitaria del sistema de la simulación que, a escala mundial, había vuelto caduco todo el viejo esquema crítico del discurso teórico, el caldo de cultivo de fenómenos de resistencia igualmente irrefrenables. Fenómenos que, claro está, desde el punto de vista "constructivo" del sistema sólo pueden aparecer como negativos y disfuncionales, se convirtieron para él en la evidencia de que el ideal de homogeneización y protección omniabarcante es, al mismo tiempo que la peor, también la mejor forma de hacer cada vez más fácil y posible la reactivación de las reservas de heterogeneidad, de azar, de seducción y de reanimación del pensamiento. De ahí su inveterada afición a lo políticamente incorrecto: su simpatía hacia el obstinado silencio de las masas votantes-consumidoras, inasequibles a todo esfuerzo de "concienciación", su indisimulado goce ante la "fragilidad" de las superpotencias democráticas frente a los fundamentalismos armados, sus análisis electrizantes de la guerra del Golfo o de los atentados del 11-S. Su mensaje parece ser éste: en un mundo en el cual la verdad misma se ha vuelto falsa, el pensador ya no puede representar la denuncia de la mentira sin caer en la misma lógica que pretende combatir; por tanto, la teoría no tiene que hacer el mundo más inteligible sino más ininteligible, más difícil de manipular, más extraño y, por ello, más vivible: "El estatuto de la teoría sólo podría ser el de un desafío a lo real".

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VICENTE VERDÚ: En la muerte de Jean Baudrillard
La seducción del objeto puro

VICENTE VERDÚ 08/03/2007

El mundo ha desaparecido tras la representación del mundo y será imposible volver a élEstá mal decirlo, pero llegué a creer, en ciertas épocas, que el único en el mundo que realmente entendía a Baudrillard era yo. Es decir, imaginariamente. Lo entendía no en el fondo del entendimiento, sino en los entresijos de la razón.

Muchas tesis sobre Jean Baudrillard -que murió el martes a los 77 años y con una obra de medio centenar de libros- han partido del mundo universitario y con ello de profesores togados. El mismo Jean Baudrillard fue profesor en Nanterre y buscó hacer carrera en ese medio, entre catedráticos de diversas especialidades y especies. Es dudoso, sin embargo, que los discípulos aplicados y sus colegas llegaran a entenderlo mejor que yo. Mi clave residía, debo confesarlo, en aceptar la incomprensión como el espacio decisivo de la exégesis.

En sus primeros libros, como La sociedad de consumo, El sistema de los objetos o Crítica de la economía política del signo, era fácil hallar una organización y seguras referencias fueran de Mauss o Bataille, Barthes o Debord, de Freud, Veblen o Marcuse. Poco a poco, sin embargo, fue deshaciéndose de lianas y en los últimos años sus textos citaban sólo de vez en cuando y sin atenerse a las reglas.

Según mi flotante recuerdo, en El intercambio simbólico y la muerte coronó su discurso teórico, comestible para la comunidad profesional, y, poco más tarde, decidió hacerse único a través de la poesía. Es de este modo como he creído llegar a entenderlo siempre que no lo entendía.

En puridad, Baudrillard forma parte de aquellos autores inenarrables, que no se pueden contar tal como no puede relatarse un poema o el placer del texto. No ya el gozo de una redacción significante, sino el disfrute del texto convertido en alhaja de sí mismo. Como las ciudades visitadas en pocas horas, la obra de Baudrillard es incognoscible en su materialidad integral pero puede ser literalmente soñada. O también, sólo literariamente se saborea Baudrillard, sólo mediante la seducción se degusta y es así como se ha hecho Dégoütant para aquellos que se aproximan con la palmatoria de la razón pura. Nada menos palmario que Baudrillard, nada menos visible que su idea creada y recreada para deslizarse entre las luces.

Habrá pues no uno sino múltiples Baudrillard. Como él ha dicho de la sexualidad de nuestro tiempo, su entidad se encuentra por todas partes o en ninguna, depende del punto de vista y de la libertad del ojo que mira. Hay quien no ve el mérito de este bricoleur a propósito de sus metáforas científicas que físicos como Sokal y Bricmont (Imposturas intelectuales. Paidos, 1998) consideran sacrílegas.

Cualquier canon, recetario o disciplina se estrella contra su texto de vidrio, que si de una parte brilla como una pieza exacta, de otra puede comportarse como una transparencia sin destino. De la transparencia trató Baudrillard en libros como Pantalla total o El crimen perfecto. Crimen perfecto que mató a la realidad tras haberla representado para, en adelante, ofrecer sólo su copia o su artificio.

El crimen perfecto no deja rastro de lo real, y tal como ocurre con los reportajes televisivos el único y absoluto mundo al que el espectador accede es la formateada secuencia del vídeo. El mundo ha desaparecido tras la representación del mundo y será imposible volver a él. Realidad y simulacro se funden en la pantalla total.

Cada vez con mayor ahínco, Jean Baudrillard fue haciéndose inasible o transparente tanto más directo como autista, incluso algún editor tan potente como Herralde, que difundió la mayor parte de su obra en España, detectaba la creciente dificultad para el público. ¿Repetía lo ya dicho y no veía motivo para dar explicaciones? ¿Había cristalizado también en sí mismo y prescindía de todo lo demás? Algo de esto último se hacía presentir cuando acaso aún no había asomado la gravedad de su linfoma, pero ya él advertía su estrategia fatal y solipsista. No es difícil odiar a un autor que nos rechaza, pero, a la vez, nada es más seductor que el objeto puro, ese artefacto que tan poderosamente nos atrae porque no nos necesita.

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Fuente: El País

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Anónimo
Enviado: 10/4/2007 18:51  Actualizado: 10/4/2007 18:51
 Re: Fallece el filósofo y sociólogo francés Jean Baudrillard
Es una lástima perder a esta persona. Ojalá pudieran vivir eternamente. Quedara en el recuerdo de la gente que le apreciaba y que no ya que era una fabulosa y excelente persona. No le conoci pero me lo imagino...
Que descanse en paz, se lo merece.

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