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ENTREVISTAS : Félix Ovejero: «El liberalismo se lleva mal con la democracia»
Enviado por Webmaster el 13/5/2006 19:17:17 (9431 Lecturas)

  Félix Ovejero nació en Barcelona, ciudad donde estudió economía, y en cuya Universidad Central es profesor de Ética y Economía, y de Metodología de las Ciencias Sociales.

Autor tan brillante como prolífico, entre sus obras destacan La quimera fértil, La libertad inhóspita e Intereses de todos, acciones de cada uno. Su último libro es Proceso abierto: el socialismo después del socialismo, que ha entusiasmado a gente tan diversa como Hugo Chávez y Zapatero. En la actualidad ultima un nuevo libro sobre izquierda y nacionalismo. Y es que los nacionalismos, y en concreto el catalán, le llevan por la calle de la amargura. Junto a otros intelectuales catalanes como Albert Boadella, Francesc de Carreras y Félix de Azúa ha sido fundador de Ciudadanos de Cataluña, el nuevo partido político que concurrirá a las próximas autonómicas catalanas. La semana pasada estuvo en Oviedo inaugurando el Foro sobre economía solidaria que el espacio solidario de la Universidad de Oviedo organizó en colaboración con la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales.

-Se mueve a caballo entre economía, ética y teoría política, ¿dónde se ubica?

-Seguramente me situaría en la filosofía política contemporánea, preocupada por diseccionar analíticamente los elementos políticos fundamentales, los idearios... ¿de qué hablamos cuando hablamos de justicia, de igualdad o de libertad? Eso ayuda a clarificar en qué consisten los proyectos políticos, a perfilar las críticas a las sociedades presentes, y en eso la economía también puede proporcionarnos un utillaje interesante como herramienta de disección analítica.

-¿Qué le interesa del panorama de las ciencias sociales?
-Más allá de modas circunstanciales, con tendencia larga me interesa una parte importante de lo que ha producido el encuentro del individualismo metodológico con las ciencias sociales. La búsqueda de explicaciones que diseccionan los procesos sociales, sus mecanismos, frente a la tradicional preocupación por establecer grandes leyes sociales, me parece que ha introducido un saludable realismo a la hora de explicar las transformaciones de la sociedad. También me interesan particularmente las aplicaciones de la biología y las ciencias cognitivas a las ciencias sociales.

-Rebelión popular en Francia, giro a la izquierda en América latina... ¿crisis del neoliberalismo?

-Establecer consideraciones globales a partir de unos cuantos datos aislados me parece exagerado. Lo que está claro es que se está produciendo un debilitamiento de las instituciones políticas en general, sin que surjan otras de ámbito planetario con capacidad de intervención, y eso supone que el mercado, en el peor sentido de la palabra, es decir, poderes económicos no sometidos a control democrático, campen a sus anchas. Esa tendencia, creo yo, predomina en el marco actual. Hay reacciones, claro, pero sobre su consistencia ideológica, más allá de la pura resistencia, tengo bastantes dudas.

-Entonces, ¿cree que es el Estado lo que está en crisis?

-Está profundamente debilitado, y a eso ayudan los fenómenos nacionalistas, que están contribuyendo a desarmar un instrumento de justicia y de control democrático, sin que el mecanismo lógico sustitutivo, las instituciones internacionales, terminen de cuajar.

-El año pasado se cumplió el vigésimo aniversario de la muerte del filósofo marxista Manuel Sacristán, del que fue discípulo, ¿qué destacaría de él?

-La limpieza mental con la que supo pensar. Que el marxismo no es una ciencia, que tiene un componente emancipador, no empírico, que hay que conocer la mejor teoría social, venga o no de Marx, es algo que hoy puede parecer completamente sensato, pero decirlo en el ambiente tan enrarecido del marxismo de aquella época resultaba completamente revolucionario.

-¿Cómo están sus relaciones con el marxismo?

-En el marxismo reconozco una tradición emancipadora que busca una base racional de la acción, y aunque gran parte de su teoría social no siga vigente, como proyecto político, aristotélico, de permitir el desarrollo las potencialidades de cada individuo, creo que sí continúa vigente. Sin embargo, aquello que se había pensado para condiciones de abundancia se complica bastante cuando asumimos unos límites ecológicos y unas condiciones de escasez, ya que no todos los deseos pueden ser realizables y, por tanto hay que matizar qué potencialidades de cada uno se pueden alentar o cuáles no.

-Democracia y liberalismo tienden hoy en día a equipararse, sin embargo, en su último libro sostiene que la democracia es una conquista de los socialistas, de la izquierda.
-Cualquier liberal sensato te reconocería que el liberalismo se lleva mal con la democracia. El liberalismo asume que hay que poner límites a las decisiones de la comunidad política, y tampoco exige a la gente una participación. Esas dos cosas chocan con la democracia. La izquierda ha sido tradicionalmente la que reivindicaba los ideales democráticos, la participación de los más desposeídos en la política, más allá de que tanto en nombre del liberalismo como en el de la propia izquierda esos ideales hayan sido violentados.

-¿En qué consiste el republicanismo que propugna?

-Cuando hablo de republicanismo me refiero a una idea profunda de libertad, de que un individuo no esté sometido a la voluntad de otros, de democracia participativa. Me parece una veta importante para la izquierda, aunque también el republicanismo ha tenido una vertiente elitista.

-¿Cómo ve a la izquierda?
-La izquierda europea se ha quedado sin proyecto, más allá de una defensa avergonzada del Estado del bienestar. Otra cosa peligrosísima me parece la sustitución del discurso de la igualdad por el de la diferencia, la recuperación de unas mitologías identitarias, empobrecidas y reaccionarias que atomizan las fuerzas sociales que tratan de cambiar las cosas, y liquidan los ideales universalistas y emancipadores heredados de la Ilustración.

-Es un firme defensor de la renta básica, un ingreso mínimo de ciudadanía que asegure la supervivencia sin ningún tipo contraprestación a cambio, ¿qué beneficios y problemas plantea este modelo?
-Dentro de esa idea republicana de la libertad y autonomía de los individuos frente a la voluntad de los demás, una condición básica es que dispongan de un ingreso que asegure su supervivencia y les permita decir no al «amo». Eso es muy saludable democráticamente. Los problemas pueden venir de la emigración de otras personas al lugar donde se materialice este proyecto, o de las propias resistencias mentales de la gente a aceptar que la gente «ingrese sin trabajar», lo que, por lo demás, sería inexacto.

-En sus libros defiende un socialismo democrático y con mercado, ¿qué experiencias pueden servir de referencia?

-Más allá de algunas experiencias autogestionarias, el socialismo de mercado es una teoría formulada por científicos sociales de primera línea como John Roemer o, antes, Oskar Lang, que consideran compatibles las exigencias de eficiencia con las de equidad, combinando el mercado como mecanismo de asignación, con una propiedad social de los medios de producción.

-En su último libro habla no sólo del fracaso del socialismo en su versión comunista sino también socialdemócrata. ¿Cómo resumiría ese fracaso?
-La socialdemocracia se creyó que podía combinar una ciudadanía absentista con atender a todas sus demandas. El modelo socialdemócrata quizá podría haber funcionando con un mayor compromiso cívico de los individuos, pero al no darse esto se generó una ciudadanía parasitaria muy acostumbrada a pedir pero poco dada a dar, con una batalla posicional entre los grupos por recibir del Estado, y ninguna criba por parte de éste en atender qué demandas eran justificadas. Esto genera un equilibrio inestable que resulta insostenible llegados a la globalización, cuando hay muchos países en el Tercer Mundo dispuestos a trabajar en unas condiciones de miseria.

-Izquierda y nacionalismo son para usted ideologías incompatibles.

-La izquierda es fundamentalmente igualitaria, ningún privilegio de origen es admisible, mientras que el nacionalismo dice «nosotros, por ser nosotros, exigimos un espacio jurídico especial que atienda a las consideraciones del grupo». Eso atenta constitutivamente contra las bases de la izquierda. Los estados nacionales que habían sido, aunque de un modo limitado, precario y seguramente timorato, los espacios donde la izquierda había intentando establecer un espacio jurídico compartido donde los mismos principios de justicia son invocados son sustituidos por una negociación entre los «pueblos», a los que si no les interesan las resoluciones que democráticamente se adoptan dicen que se van y que ya no juegan al juego de la democracia. Este juego de negociaciones pervierte la democracia. La forma de evitar eso es con leyes universales que valgan para todos y que nos comprometan a todos.

-Pero Salvador Allende, Fidel Castro, Hugo Chávez o Ho-Chi-Minh representan un nacionalismo de Estado innegablemente izquierdista.

-La izquierda ha intentado hacer «revoluciones francesas» en distintas partes, buena parte de los proyectos emancipadores en América latina se han basado en construir «estados-nación», unificando la lengua, por ejemplo. Esa idea de «revolución francesa» seguramente tiene unos componentes identitarios, pero sin ser un factor constitutivo. En España políticamente no hay nada parecido a un nacionalismo español, alguien que, por ejemplo, diga que en Cataluña sólo deba hablarse en castellano, o que exija la recuperación de las «colonias», como los nacionalistas catalanes hacen al referirse a los «países catalanes» (Cataluña, Valencia y Baleares).



fuente: La Nueva España, 10-5-2006
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