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LIBROS : RALPF WALDO EMERSON, Obra ensayística
Enviado por Dewey el 16/9/2010 11:05:53 (6255 Lecturas)

  Traducción y prólogo de Carlos Jiménes Arribas. Ed. Artemisa, Valencia, 2010, 496 págs. 25,50 euros.

Reseña de Juan Malpartida

Este bello volumen de Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803-Concord, 1882) recoge varias obras suyas: La naturaleza (1836), y dos conferencias y dos ensayos que tienen por temas al escritor estadounidense, el pensador trascendentalista, la confianza en uno mismo y el significado del poeta. Cierra la colecta un librito de madurez: Hombres representativos (1850), donde se encuentra la admirable capacidad de Emerson para acercarse a grandes autores desde una actitud desprejuiciada y lúcida. Esta Obra ensayística viene precedida por un informado prólogo de su traductor, Carlos Jiménez Arribas.

Es difícil ser indiferente a Emerson porque no sólo fue un escritor de gran ductilidad y penetración, sino un espíritu sensible y libre. Fue un intelectual y un moralista, un místico y un literato. No sólo se interesó por la poesía y la filosofía, sino que pensó la ciencia de su tiempo en términos de sorprendente modernidad. En un siglo cientificista, no fue materialista: creyó que el fundamento del hombre estaba en el espíritu (cuyo elemento es la eternidad).

  La verdad interior. De confesión unitaria, criticó la metafísica cristiana, y toda mediación entre el individuo y Dios le pareció un sacrilegio. Además, tuvo una concepción de la Naturaleza ajena al cristianismo. Pensó que el mundo natural era una suerte de mente disuelta. En cuanto al hombre, lo concibió como un momento excelso de la Naturaleza, pero sólo como un punto de conciencia, una suerte de alambique, de la gran corriente del Ser Universal. Tanto Emerson (lector de los románticos ingleses, a los que conoció) como su amigo Thoreau, predicaron una visión de la naturaleza y del hombre influida por el hinduismo.

Vio en el niño una promesa perpetua de redención. Heredero de Kant, pensó la ética siempre desde lo empírico. Tocado por el positivismo y cierto aspecto del racionalismo de su época, defendió el conocimiento como progreso de nuestra condición. No fue tradicionalista ni pensó que en otra época se hubiera dado un modelo superior. Sin complejos, tocado por Montaigne, a quien admiró, supuso que en cada hombre latía la experiencia de la humanidad y que el saber se apoyaba en la propia experiencia y no en los cánones. «Ninguna ley será sagrada para mí salvo la de mi naturaleza», afirmó este gran y paradójico individualista.

El trascendentalismo de Emerson se opone a lo trascendente; es un concepto que, de nuevo, se apoya en el Kant de los conceptos a priori: «La naturaleza es trascendental, existe primordialmente», no deviene tanto de la experiencia como de nuestras ideas universales y previas, la cuales suscitan la experiencia. Lo mismo respecto a la ética, que no es un mandato exterior, sino que nace de una verdad interior. Me parecen notables los ensayos sobre Swedenborg y Shakespeare. Emerson era un buen biógrafo porque era un buen ensayista. O quizás al revés. Sabe ver lo general y lo particular sin perderse en las contradicciones y en la maleza de toda vida u obra. Su visión del científico y místico sueco es equilibrada, y observa con claridad la importancia del elemento analógico, que, como es sabido, tanta influencia tendría en el romanticismo y en el simbolismo, así como lo que le limita: su dependencia teológica.

Expresión del bien. En cuanto a Shakespeare, se enfrenta el problema biográfico («Shakespeare es el único biógrafo de Shakespeare») y afirma de su obra: «Escribió las arias para toda nuestra música moderna: escribió el texto de esta vida». Ya saben que Bloom leyó con pasión estas páginas y repitió sus ideas. Pero Emerson, como Swedenborg, no tienen suficiente con la ciencia y con la poesía y el gran hombre de Concord esperaba la aparición de lo que consideraba algo más: un sacerdote-poeta, un reconciliador. (¿Pero acaso no ha sido esa la misión tácita de todo arte, la reconciliación?). Un arte que fuera expresión del bien, ya que todo escepticismo ha de disolverse en la afirmación moral. Para Emerson lo Uno es el Bien y es la Belleza, cuya expresión visible es la Naturaleza, de la cual nosotros somos una momentánea conciencia.


Fuente: ABCD las Artes y las Letras, 8-5-2010
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Leviathan
Enviado: 16/9/2010 11:09  Actualizado: 16/9/2010 11:09
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Desde: Malmesbury (Wiltshire) / England
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 Prólogo (extracto)
Ralph Waldo Emerson vino al mundo en un lugar, Nueva Inglaterra, y en una época, los albores del ochocientos, muy necesitados de lo que acabó siendo su incontestable magisterio. Estados Unidos en la primera mitad del siglo XIX un país recién formado, contaba ya con su más o menos surtida nómina de políticos y héroes, personalidades religiosas y dirigentes militares, incluso hombres de ciencia; hombres que, en ocasiones, cubrían más de uno de estos perfiles: George Washington, David Crockett, Benjamin Franklin. Pero carecía aún de un verdadero padre intelectual, alguien que, sin negar lo más granado de la tradición de Occidente y Oriente, recuperándolo con acento autóctono, pudiera sentar las bases para una identidad vernácula. Ese hombre fue Emerson: un estadounidense consciente de que su llamado estaba en las letras, no en las armas; un hombre que se sabía, no de acción, sino de contemplación; lejos del frente y la frontera, dedicado por entero a mirar al mundo para revelarlo. Y con toda seguridad, esa especialización disciplinaria ayudó a hacer más influyente su figura. Los contornos se reforzaron en su personalidad, y el país ya podía permitirse una mente excelsa y entregada en exclusiva al cultivo del pensamiento. ¿Podía? Más bien lo necesitaba, a juzgar por la popularidad del hombre en vida: casi toda la obra ensayística de Emerson fue escrita con el fin específico de ser pronunciada, no ante universitarios o académicos, sino delante de ciudadanos de clase trabajadora que buscaban mejorar su formación en el salón de conferencias.

Nueva Inglaterra fue ese centro o núcleo irradiador en el que nació nuestro ensayista, con las manos libres, tiempo para pensar, y un entorno que prácticamente se había estado preparando durante decenios para recibirlo. Sin embargo, la obra de Emerson supuso un rechazo de la tradición religiosa que le había amamantado, y se puede leer como un borrón y cuenta nueva con respecto al viento fundador que trajo el Mayflower hasta las costas de Maine. O como su única evolución posible. Porque estaba escrito que el proyecto regeneracionista de los padres fundadores sólo podía cuajar intelectualmente en suelo americano mediante un giro de tuerca más, una radicalización que le quitó ese pelo de la dehesa atlántico y le hizo conjugable de verdad con un mundo virgen. Como prueba de la relevancia que tuvo esta búsqueda de las esencias promovida desde dentro de la religiosidad protestante, depurada hasta el extremo en lo que acabó conociéndose como trascendentalismo, piénsese en la reacción que genera a finales del siglo XIX y en los primeros años del XX el movimiento de los Fundamentals, una serie de panfletos que distribuye la American Bible League en un intento de volver a lo más ortodoxo y cerril de cierto calvinismo. Frente a Emerson y su legado de religiosidad ágrafa, o, más bien circunscrita a la literalidad de la naturaleza, los fundamentalistas promovieron una vuelta a la verdad infalible de la letra tal y como aparece en la Biblia. Y ahí beben, hasta el delirio y la alucinación, las corrientes neoconservadoras, mesiánicas y apocalípticas, que tanto han influido en la política estadounidense de estos últimos años, y con tan nefastas consecuencias.

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