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LIBROS : BEATRIZ PRECIADO, Pornotopía
Enviado por Dewey el 17/5/2010 23:38:54 (18738 Lecturas)

Pornotopia  Beatriz Preciado no es Hugh Hefner. Finalista del Premio Anagrama de Ensayo por su Pornotopía, la polémica filósofa habla de su obsesión por Playboy (y sus similitudes con el hombre de la bata). Editorial Anagrama, 2010.

El piso barcelonés de Beatriz Preciado (BP) no es una mansión. Tampoco hay conejitas, sólo una perra parisiense. Y un gatito. Y claro, su novia, la directora de cine Virginie Despentes. Con todo, BP despliega un poder de seducción —y aquí es más importante poder que seducción— que parece emanar de alguna hormona secreta de su cerebro. Su premiado Pornotopía es una fascinante disección del imperio Playboy, a cuyo declive económico quizá estemos asistiendo. Pero qué más se le puede pedir a quien mediante un sistema de videovigilancia inventó el primer reality show en ¡1959!, transformando de paso los espacios domésticos en verdaderos campos de atracciones. "Yo creo que Playboy es para la filosofía política contemporánea lo que la máquina de vapor fue para Marx", sostiene, "un modelo de producción económica y cultural imprescindible para pensar las mutaciones que tienen lugar en la segunda mitad del siglo XX".

  En el lavabo de BP no hay ejemplares de Playboy, pero sí fotos de Marilyn Monroe (heroína de Virginie). En las estanterías del salón hay mucho porno, sí, y de teoría queer y de teoría a secas. Para su investigación, tuvo que bucear en las bibliotecas públicas: "Hay una gran resistencia a pensar que es posible teorizar a partir de la cultura popular: en París, en la Biblioteca Nacional, sólo puedes sacar los números de Playboy en una sala que llaman El infierno". Cuesta imaginarse a alguien como BP fascinada con el arquetipo de la masculinidad más rancia. Después de todo, una cama redonda es sólo una cama redonda. "La cama redonda de Hefner es una invención cultural fascinante", reflexiona. "Es una plataforma de telecomunicaciones farmacopornográfica: un híbrido de una cabina de pilotaje, un colchón de juegos sexuales y una cama de hospital". ¿A veces no te gustaría ser Hugh Hefner?, le pregunto con sonrisa posfeminista. ¿No le envidias un poquillo? "No quisiera ser indiscreta, pero a veces yo también juego a ser Hefner", contesta mientras exhibe su bigote falso, "a estar encerrada días en una cama con un montón de chicas… La diferencia es que aquí las chicas llevan batín".

La casa de BP tiene un toque femenino ingobernable. Cito del libro: "Para cambiar a un hombre habría que reformar su piso". Y obtengo: "Ya en los años cincuenta, Hefner, como una especie de Simone de Beauvoir del masculinismo, dice que lo que define al varón no es su anatomía, sino sus prácticas, que a su vez dependen de su espacio de teatralización. Por eso Playboy instala al hombre blanco en un apartamento urbano masculino dotado de todo tipo de tecnologías de la comunicación, donde pueda convertirse en un consumidor sexual mediático. Una variante erótica del hombre conectado de McLuhan".

En Pornotopía, Preciado analiza los procesos de espectacularización de lo privado a través de las casas del placer diseñadas por Hefner. Es un libro duro, con más reflexión que experiencia (quedan advertidos los fans de su anterior Testo Yonqui, donde narraba todo lo que le ocurría sexual e intelectualmente después de abusar de la testosterona en formato gel), pero igual de adictivo, aunque aquí en lugar de Testogel haya mucha Dexedrina: "Curiosamente, el fármaco del hombre que vivía en una cama era una pastilla para no dormir".


Publicado originalmente en EP3
Este documento tiene copyright.

Fragmento de Pornotopía de Beatriz Preciado

  En plena guerra fría, el joven Hugh Hefner crea la que pronto se convertiría en la revista para adultos más vendida del mundo: Playboy. Lo que el público desconoce es su pionera labor como artífice de las casas del placer: Playboy no era simplemente una revista de chicas con o sin bikini, sino un vasto proyecto arquitectónico-mediático que tenía como objetivo desplazar la casa heterosexual como núcleo de consumo y reproducción proponiendo frente a ésta nuevos espacios destinados a la producción de placer y de capital. Esta es la reflexión que Beatriz Preciado propone en su nuevo libro, Pornotopía, finalista del Premio Herralde y del que a continuación ofrecemos un revelador fragmento.

7. La Mansión Playboy: La invención del burdel multimedia

El periodo de expansión global del capitalismo que siguió a la Segunda Guerra Mundial fue para Estados Unidos una bacanal de consumo, drogas e información. La economía de guerra que había conducido en Europa hasta el Tercer Reich y los campos de exterminio y en Estados Unidos hasta la bomba atómica, se había transformado en una economía de superconsumo. La sociedad norteamericana, confortablemente sentada en los salones de sus casas suburbanas, veía la tele mientras se comía los derivados de las tecnologías bélicas. La seguridad de la nueva vida que el capitalismo prometía residía en una pareja reproductiva, la propiedad privada de un recinto unifamiliar, un poco de césped, un interior doméstico con aire acondicionado, insecticidas, latas de conservas, plásticos, y un automóvil para desplazarse hasta las zonas comerciales.

Al analizar este periodo, Kristin Ross define como «privatización» el proceso por el que «las nuevas clases medias se replegaron en sus confortables interiores domésticos, cocinas eléctricas, recintos privados para automóviles; todo un mundo interior moldeado por una nueva concepción de la vida conyugal, una ideología de la felicidad ba sada en la nueva unidad de consumo de la clase media: la pareja, y la despolitización como respuesta al creciente control burocrático de la vida cotidiana». Es cierto que los esfuerzos de Playboy por reformular el espacio interior podrían interpretarse como parte de este proceso de privatización; sin embargo, sus finalidades y estrategias, paradójicamente, tienen muy poco que ver con esta noción de privacidad. Las fantasías de áticos urbanos y las mansiones Playboy representarán una alternativa radical a la vivienda unifamiliar de la década de 1950. Frente a la casa heterosexual como espacio reproductivo, Playboy va a dibujar una ficción erótica capaz de funcionar al mismo tiempo como domicilio y como centro de producción. Estos espacios Playboy no serán simples enclaves domésticos, sino espacios transaccionales en los que se operan mutaciones que llevarán desde el espacio doméstico tradicional que dominaba a principios del siglo xx hasta una nueva posdomesticidad característica de la era farmacopornográfica: un nuevo régimen de vida a la vez público y doméstico, hogareño y espectacular, íntimo y sobreexpuesto. Los espacios Playboy serán el síntoma del desplazamiento desde los interiores característicos de la modernidad disciplinaria (espacio doméstico, colegio, prisión, hospital, etc.) como cápsulas de producción de la subjetividad, hacia un nuevo tipo de interioridad posdisciplinaria.

Playboy y sus enclaves de invención de placer y subjetividad son cruciales en la transformación del régimen disciplinario en farmacopornográfico. El capitalismo farmacopornográfico podría definirse como un nuevo régimen de control del cuerpo y de producción de la subjetividad que emerge tras la Segunda Guerra Mundial, con la aparición de nuevos materiales sintéticos para el consumo y la reconstrucción corporal (como los plásticos y la silicona), la comercialización farmacológica de sustancias endocrinas para separar heterosexualidad y reproducción (como la píldora anticonceptiva, inventada en 1947) y la transformación de la pornografía en cultura de masas. Este capitalismo caliente difiere radicalmente del capitalismo puritano del siglo xix que Foucault había caracterizado como disciplinario: las premisas de penalización de toda actividad sexual que no tenga fines reproductivos y de la masturbación se han visto sustituidas por la obtención de capital a través de la regulación de la reproducción y de la incitación a la masturbación multimedia a escala global. A este capitalismo le interesan los cuerpos y sus placeres, saca beneficio del carácter politoxicómano y compulsivamente masturbatorio de la subjetividad moderna.

La Segunda Guerra Mundial, la extensión de la violencia como cultura del cuerpo y las transformaciones biotecnológicas habían contribuido a desarticular la red de percepciones y afectos que constituían el sujeto disciplinario. Sobre esta subjetividad maltrecha y postraumática vendrá a injertarse una nueva red sensorial y emocional facilitada por la economía de consumo y la cultura del ocio y el entretenimiento. La mutación farmacopornográfica comienza en el salón de cada casa.

Pronto, en medio de una guerra que cada vez parecía menos fría, el interior de la casa de Hugh Hefner atraerá una atención mediática sin precedentes. Exteriormente, nadie hubiera distinguido la Mansión Playboy entre otras casas señoriales del Gold Coast de Chicago de no ser porque la revista Playboy había abierto sus puertas a la mirada americana. Tras el frontispicio convencional de un edificio decimonónico se escondía el mayor polvorín sexual del mundo, o al menos eso era lo que la revista Playboy aseguraba.

En diciembre de 1959, Hefner compró una mansión señorial, de ladrillo y piedra, en el 1340 de North State Parkway, en el Gold Coast de Chicago, no lejos del lago Michigan. La casa había sido construida en 1899 por el arquitecto James Gamble Rogers, conocido por haber diseñado numerosos edificios institucionales, como la Universidades de Yale o Columbia, a finales del siglo xix, imitando las construcciones góticas europeas, utilizando acero recubierto de molduras y tratando la piedra con ácido para envejecerla. Pensada primero como edificio institucional y centro cívico, la casa, que había llevado hasta entonces el nombre de George S. Isham, había sido el centro de una vida social intensa a comienzos del siglo xx. Durante la Gran Depresión fue transformada en condominio de pisos, pero la segunda planta conservó su estructura para uso público, con su gran chimenea de mármol, salón de baile y cocina de hotel. Hefner decidió reformar sus casi 1.800 m2 y presentar la antigua casa en las páginas de la revista Playboy convertida no ya en un ático sino en un auténtico castillo urbano de soltero.

Los costes de las obras (3 millones de dólares) superaron con creces el precio de compra de la casa. Resulta interesante que, a diferencia de lo previsto en el diseño de Donald Jay para la primera casa Playboy, Hefner decidiera no tocar la fachada, que permaneció idéntica a la original. Los dispositivos de visibilización del interior previstos por Hefner era más sutiles y sofisticados que la fachada moderna de cristal transparente que los diseños de Mies van der Rohe habían popularizado en América. La revista, la televisión y el cine se convertirían en auténticas ventanas multimedia a través de las que acceder a la privacidad de la Mansión. Una vez más, Playboy ponía de manifiesto que lo específicamente moderno no era tanto la estética del cristal y el cemento como el despliegue de lo privado a través de los medios de comunicación.

Entrevista a Beatriz Preciado pulsando aquí.

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