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LIBROS : Alain Finkielkraut, Peter Sloterdijk, Los latidos del mundo. Diálogo
Enviado por Dewey el 7/5/2009 18:36:44 (7081 Lecturas)

  Ed. Amorrortu. Colección: Nómadas. 232 págs. ISBN: 978-84-610-9017-.





Alain Finkielkraut es profesor de Historia de las Ideas en la École Polytechnique de París. En un primer momento se lo asoció a los «nuevos filósofos», junto a Pascal Bruckner, André Glucksman y Bernard-Henri Lévy. Ha mostrado su admiración por la obra de Emmanuel Lévinas, Milan Kundera y Hannah Arendt, y se ha inspirado en ellos para analizar críticamente la «barbarie del mundo moderno». Entre sus obras traducidas al español podemos citar La derrota del pensamiento (2004), En el nombre del otro (2005), Nosotros, los modernos (2007).

Peter Sloterdijk es considerado una de las grandes figuras de la filosofía contemporánea. Entre sus libros traducidos al español pueden mencionarse Crítica de la razón cínica (1989), Normas sobre el parque humano (2000), Esferas I: burbujas (2003), El sol y la muerte (2004), Esferas II: globos (2004) y Esferas III: espumas (2006).

Alain Finkielkraut y Peter Sloterdijk someten sus respectivos pensamientos a la prueba de los acontecimientos. Bajo un cielo de estrellas extinguidas, los temas se imponen por sí mismos: la utopía que amenaza, el culto del Otro y la cuestión del enemigo, el destino de los judíos en la hora de Israel, la democratización del lujo, la ecología de la belleza, la fractura de Occidente, la crítica de la razón extremista y la búsqueda del principio de realidad, qué es ser adulto.

Todo lo serio regresa y todo lo serio se vuelve a ir. A partir de estas dos evidencias contradictorias surgen las nuevas líneas divisorias en el invisible enfrentamiento mundial, cuya apuesta es el peso de las cosas, la guerra entre lo liviano y lo pesado.

Auscultar la actualidad (Reseña)Por Gustavo Santiago

ADN - La Nación - 10-ene.-2009

Alain Finkielkraut (París, 1949) y Peter Sloterdijk (Karlsruhe, 1947) tienen muchas cosas en común. La fundamental: ambos se dedican a la filosofía y la ejercen tanto en el ámbito académico como en el periodístico. Pero, además, los dos poseen una inagotable capacidad para despertar la irritación en sus colegas. Basta con recordar los ataques desde la izquierda francesa a Finkielkraut, a quien consideran uno de los principales "nuevos reaccionarios", o la enérgica réplica que en su momento lanzó Jürgen Habermas contra el artículo "Reglas para el parque humano", de Sloterdijk, donde acusó a su compatriota de emplear categorías propias del nazismo. Lejos de amedrentarlos, esos cuestionamientos parecen alimentar su reflexión y haber generado una suerte de espíritu solidario que los ha aproximado entre sí. Fruto de ese encuentro intelectual surgió Los latidos del mundo , un libro escrito conjuntamente en el que, como si se tratara de dos celebridades en medicina, se dedican a auscultar el mundo y a emitir un diagnóstico sobre su salud actual.

Los temas que surgen en la conversación son muy variados. Pero podríamos agruparlos en tres zonas, cada una con patologías específicas: el mundo intelectual, el mediático y el político.

En el mundo intelectual, los autores se concentran en tres malestares básicos. Uno de ellos es la generalización de lo "políticamente correcto". Su nocividad radica no sólo en que son pocos los intelectuales que se atreven a decir lo que piensan sino en que nadie cree en lo que dicen los demás. El segundo elemento negativo es el abuso que los ensayistas contemporáneos hacen del concepto del "Otro", al que frecuentemente interpretan de un modo peligrosamente ingenuo. Esos intelectuales olvidan -según Finkielkraut y Sloterdijk- que el Otro en algunos casos puede ser un enemigo y no simplemente alguien "desconocido, raro, diferente". Finalmente, no dejan de criticar al radicalismo de izquierda que, según ellos, ha promovido una "muy justa y muy dura" crítica contra la derecha intelectual, pero ha incurrido en una "autoamnistía".

Respecto del mundo mediático, los autores destacan dos grandes males: el escándalo y la "monetarización de la verdad". El predominio del escándalo en los medios es presentado como un retorno a los espectáculos típicos del Circo romano: "La sangre moral de las víctimas inocentes a las que se ofende tiene que correr para que el espectáculo pueda continuar". Todo vale con tal de conseguir un punto de rating. Junto a esto, denuncian una "monetarización de la verdad": "la opinión pública -sostienen- se ha transformado en una Bolsa. Publicar opiniones equivale hoy a negociar acciones, acciones de opinión. La publicación de una hipótesis que escandaliza es el equivalente publicitario del lanzamiento de una nueva acción en la bolsa."

Finalmente, la auscultación del mundo se detiene en los latidos políticos. Aquí las dolencias son muy numerosas. Quizá la más alarmante sea el retorno recurrente de la violencia tras períodos sumamente breves de paz. Los filósofos denuncian que "en la actualidad no hay prácticamente nadie, entre los teóricos o los políticos, que defienda un pacifismo a la altura de nuestras intuiciones teóricas más avanzadas. No se trata del pacifismo afectuoso de moda (...), sino de un pacifismo de las profundidades". Contra esa posibilidad de pacificación atentan la "sensación de humillación" experimentada por los palestinos tanto como el nuevo antisemitismo que, según los autores, surge contra la conciencia de un Estado de Israel fuerte. También Estados Unidos ha aportado su cuota de malestar, particularmente con el rol de "supervíctima" que ha jugado desde el 11 de septiembre de 2001, que lo llevó a perder su capacidad de neutralidad. "Hasta ese día funesto, Estados Unidos era como una instancia de apelación para los hombres enredados en la Historia. Si las cosas se ponían verdaderamente mal, quedaba ese recurso: todos éramos potenciales norteamericanos."

Pero en el diálogo no sólo se señalan los malestares, también se sugieren algunas prácticas terapéuticas. Acerca de los medios de comunicación, los autores proponen la realización de un análisis a fondo de su papel en la construcción del espacio público "para que la democracia no sea un concepto vacío". En cuanto al ámbito intelectual lo que sostienen es la necesidad de defender un "pacifismo académico" que pueda funcionar como refugio de la verdad, y que se encuentre descontaminado y libre de violencia. Finalmente, para los malestares políticos una de las propuestas es que los europeos intenten ser "más norteamericanos que los propios norteamericanos". Esto significaría recuperar "la posición del observador que invoca el privilegio de la neutralidad" y, al mismo tiempo, contribuir a expandir el espíritu norteamericano de "democratización del lujo y de la ilusión" que según Finkielkraut y Sloterdijk, "es la gran idea de nuestra época y representa, al mismo tiempo, la más hermosa continuidad del espíritu progresista de los europeos".


Se acabaron los héroes (Reseña)
Por Germán Cano

LA RAZON - Cultura / Libros - 19-feb.-2009

¿Siguen siendo válidas las viejas categorías para comprender el mundo en el que vivimos? En esta estupenda conversación entre Peter Sloterdijk y Alain Finkielkraut ambos ilustran nuestra situación cultural acudiendo a los conceptos de «lo ligero» y «lo pesado». Si en el pasado, simplificando, la izquierda representaba la voluntad de aligerar la vida y superar las cargas indignas sobre el hombre y la derecha buscaba reaccionar ante esta levitación general subrayando el peso trágico del mundo, hoy las tornas han cambiado. Tras la barbarie del siglo XX no sólo son los conservadores los que defienden un concepto de realidad duro, correoso, quizá más sombrío. Sloterdijk y Alain Finkielkraut reflexionan con atinada concreción, gracia y una cierta modestia no exenta de lucidez sobre la actual situación del mundo contemporáneo. Un diagnóstico que, como es obligado, termina conduciendo en no pocas ocasiones a esclarecer el difuso estatuto del intelectual en nuestras sociedades mediáticas.

Lo primero que llama la atención es cómo minimizando ciertas categorías y adelgazando el sobrepeso especulativo a base de una dieta de autocrítica se puede acceder a un discurso filosóficamente más complejo y a la altura de las perplejidades políticas de nuestro tiempo. No es extraño que en estas páginas surja constantemente la necesidad de una «cura de realidad» para el pensamiento político y que, frente a los diversos posmodernismos bienintencionados o frente al moralismo fácil, los dos interlocutores aboguen por una suerte de compromiso con el legado crítico de la modernidad. Sin orden universal Formados en lo que se podría llamar la «educación sentimental» de la izquierda, ambos cuestionan además algunos de los mitos y lugares comunes que, desgraciadamente, todavía esgrimen como un mecanismo reflejo muchos de sus colegas. No en vano ambos han sido tildados de «reaccionarios».

Hijo de una familia polaca de orígenes judíos (sus abuelos murieron en Auschwitz), Alain Finkielkraut (París 1949), ha roturado en el ámbito de la filosofía contemporánea un terreno, muy influido por autores como Levinas, Hannah Arendt, Hans Jonas o Milan Kundera, básicamente orientado a la reflexión sobre el Otro. Según su diagnóstico es preciso ralentizar los movimientos de una locomotora histórica, la modernidad, que, tras el derrocamiento de un orden universal, ha impuesto una lógica de la excepción dándole todo el protagonismo al hombre.

Por su parte, con su descomunal proyecto de «Esferas», Peter Sloterdijk (1947), probablemente el pensador alemán actual más influyente, se ha atrevido a poner en cuestión la tradicional afición a las metáforas arquitectónicas. Desde estas premisas, tanto Sloterdijk como Finkielkraut critican el individualismo de la era moderna a la vez que cuestionan las falsas soluciones «heroicas» que tratan de combatirlo. Ir más allá de la lógica del amo y del esclavo, digamos. Su propuesta surge, pues, como un intento de traducir y curar las heridas infligidas por el proceso de modernización en un nuevo lenguaje de cuño terapéutico. Si el siglo XX ha quedado marcado por un «belicismo» que se llena la boca con el tema de la voluntad de poder y la dimensión violenta de la realidad –Carl Schmitt: es soberano quien decide el estado de excepción–, tal vez sea hora de un nuevo «pacifismo de las profundidades».


Los latidos del mundo. Diálogo, de Alain Finkielkraut y Peter Sloterdijk (Reseña)
Por Juan Malpartida

Letras Libres - 01-abr.-2009

Todos ustedes saben quiénes son Peter Sloterdijk y Alain Finkielkraut, así que iré directo a este diálogo que fue publicado en francés en 2003: Los latidos del mundo. Debo decir algo sobre este tipo de libros. Me encantan las entrevistas, esos diálogos asimétricos, y también las obras en las que dos o más encartados conversan sobre esto y lo otro; pero tengo mis dudas respecto a que un diálogo sobre un tema filosófico, literario o político esté por encima de la capacidad de escritura de los dialogantes. Un libro así debe ser producto, creo, de una actitud polémica, traer a escena lo que no se suele decir o se escamotea en lo escrito. Los latidos del mundo es, sin embargo, una conversación distendida que permite a ambos filósofos dar vueltas a la historia de sus ideas y a sus posturas ante las cuestiones palpitantes, como diría doña Pardo Bazán, al fin y al cabo el título señala a una realidad cordial mundana. De hecho, es a la actualidad a la que ambos se aplican intentando ver qué pueden decir al respecto sus filosofías.

De formación distintas (Sloterdijk además de filósofo es una suerte de navaja suiza), ambos coinciden en que la filosofía es indispensable, porque media en todo conocimiento. Un tema común a ambos es Israel y el judaísmo, y permea a lo largo de estas páginas. Pero vayamos primero a lo que dicen de sus orígenes. Sloterdijk vivió en la India (en Poona) atraído por la figura de Osho (la generación anterior viajaba a la choza de Heidegger en la Selva Negra). Luego escribió un libro polémico, Crítica de la razón cínica, que suscitó el interés de Habermas. Su antiacademicismo y la crítica de determinadas herencias pensadas de la Ilustración lo conectaron con la juventud y con cierto pensamiento siempre agitado. Es ilustrativo al respecto otro libro de conversaciones, en este caso del mismo Sloterdijk con Carlos Oliveira: Experimento con uno mismo, Pre-Textos).

Finkielkraut por su parte comenzó sus andanzas cerca de Pascal Bruckner y Andrés Glucksman, y en el desarrollo de su pensamiento ha tenido una importancia capital la lectura de Emmanuel Lévinas, cuya difusa influencia es perceptible en obras de análisis tan actuales como La derrota del pensamiento o En el nombre del otro.A diferencia de casi todos los pensadores europeos de los dos primeros tercios del siglo XX, ambos están de acuerdo en que el peso de lo histórico a la hora de entender lo humano ha desnaturalizado la existencia. La tradición hegeliano-marxista consagró la historia (por emplear un término caro a Kostas Papaioannou), y en ambos autores hay una necesidad de devolver a las pasiones lo que la historia se empeña en racionalizar y fechar. En cuanto al pueblo judío, para Finkielkraut se trata de aceptar la normalidad histórica, no la justificación teológica de pueblo elegido. A su juicio, el Estado de Israel (la desterritorialización) no ha sido del todo aceptada, hecho que encubre un cierto antisemitismo: las críticas de los errores judíos no se suele hacer dentro del contexto de pueblos en lucha, sean cuales sean sus faltas, sino como judíos que masacran al otro. Y ahí late, según piensa, un fondo secular antisemita.“Lo único que nos preserva de la ideología –dice citando a Lévinas–, es la vigilancia de lo general a partir de lo particular”.

Ambos apelan a la necesidad de pertenecer a un pueblo, no sólo al Derecho que garantiza mi libertad, mis obligaciones o lo que puedo demandar. Pero la pertenencia al lugar es importante porque el hombre no vive sólo en las abstracciones y reglas generales que, inexcusables, no responden del todo a nuestras necesidades. La liberación en la nacionalidad de todo adjetivo originario es lo que el europeo actual pretende para sí y para los otros, y parece claro que para ambos es necesaria una reinvención del diálogo entre Derechos Universales y ciudadanía: lo universal y lo de aquí, lo abstracto y la memoria. La modernidad ha situado al hombre en el tiempo; toca devolverlo, sin negar su temporalidad, a un espacio habitable, reconocible.

Una y otra vez Sloterdijk nos sorprende con sus imaginativas ocurrencias, con sus libres y sugestivas vueltas a su biografía, y afortunadamente tiene enfrente a Finkielkraut, de personalidad más contenida y pensamiento más ordenado. El genialoide y el pensador sensato. Fiel a su vieja crítica de una herencia de la Ilustración como exaltación de la razón que todo lo ilumina, afirma el pensador alemán que “El día ha invadido la totalidad de las funciones humanas”, lo que se traduce en una falsa descripción de la realidad en que vivimos, algo que ya hizo el intelectual- radicalismo del siglo XX.Pensar el presente es pensar las respuestas que da Europa a los problemas actuales, es pensar qué significa Estados Unidos (y más –añado– en nuestros días, en plena crisis mundial financiera que, entre otras cosas, está reordenando las capacidades de respuesta de una manera algo novedosa). Frente a la multiplicación de sucesos en la historia de Europa en el siglo XX los americanos perciben que en ellos no pasó nada, afirma Sloterdijk: “fue sólo un siglo de tranquila acumulación de riqueza”; es decir, el verdadero suceso ha sido “la democratización del lujo”, un logro que el pensador alemán defiende porque representa “la más hermosa continuidad del espíritu progresista de los europeos”. Nada de despilfarro, lo que Sloterdjk apoya es el acceso a los bienes de consumo culturales y materiales, en contra del puritanismo de izquierda que ve en este lujo algo indecente. Ese progreso es el que la Revolución francesa demoró contra la evolución en este sentido que ya venía del Ancien Régime. Sin embargo, remacha, los estadounidense han descubierto su miseria interior y América como utopía se desmorona sobre nosotros mismos. El interlocutor francés espera otra cosa de Estados Unidos: a que en su intervencionismo tengan en cuenta lo que Ernst Bloch llamaba “la no contemporaneidad de los contemporáneos” y “no les disputen a los progresistas de todos los países el monopolio de las buenas intenciones, con las que están cubiertos los caminos al infierno”. No voy a agotar en una nota todos los temas de estos sugerentes pensadores, sólo concluir con que más allá de ciertas caídas en la ocurrencia, ambos están a favor, en sus actitudes morales, de ejercer la crítica sin perder de vista la complejidad envolvente de todo problema real.


Contra el imperio del radicalismo (reseña)
Por Rafael Fuentes

ABCD las Artes y las Letras - 02-may.-2009

«¿Dónde está el debate?», se pregunta el pensador francés Alain Finkielkraut en su diálogo con el filósofo alemán Peter Sloterdijk, para comprobar en su respuesta la degradación cada vez más penosa que sufren los debates en Occidente, cuando afirma: «Todavía queda suficiente gente común para que los debates puedan nacer y tomar cuerpo, pero no hay suficiente cultura, civilización, gusto por la conversación, humildad ante la complejidad de las cosas, como para que los debates sean dignos.» Una acusación que lo emparenta con la enérgica protesta que su interlocutor Sloterdijk hizo contra la trivialidad de nuestra cultura de masas.

Debate creativo. Sin duda esa cultura de masas nos ha acostumbrado a espectaculares diálogos de sordos, a campañas de descalificación mutua, a una charlatanería sustentada en toda clase de estereotipos, y a lemas panfletarios vacíos que se arrojan entre sí encarnizados oponentes. Frente a este nuevo circo que recurre con demasiada frecuencia a la injuria y el sectarismo, el profundo y sosegado diálogo entre Finkielkraut y Sloterdijk que constituye Los latidos del mundo ofrece la oportunidad de comprobar, por el contrario, que un auténtico debate creativo es todavía posible, en el empeño de ambos pensadores por descifrar el significado de la vida actual. Los puntos de encuentro que van surgiendo en el transcurso de su debate no proceden de ninguna concomitancia ideológica entre escuelas filosóficas análogas. Alain Finkielkraut entronca con el pensamiento moral de Emmanuel Lévinas y nutre su filosofía a partir de grandes narradores: Jonathan Swift, Antón Chéjov, Vasili Grossman? Sloterdijk, en cambio, tuvo una formación próxima a la fusión de psicoanálisis y marxismo de la Escuela de Fráncfort, por más que se emancipase de ella tras una sonora controversia con Jünger Habermas. Como ambos señalan, más que los orígenes filosóficos, les unen sus decepciones. La decepción, por ejemplo, de una Europa que se autoinculpa violentamente de males pasados hasta caer en un auténtico masoquismo moral que le impide analizar y establecer sus valores y señas de identidad propias, paralizando así el impulso de proyectos hacia el futuro.

Cultura del escándalo. Una cultura europea que impulsa actitudes inmaduras que desincentivan el esfuerzo y fomentan el disfrute de escándalos convertidos en espectáculos mediáticos. Una cultura del escándalo, en definitiva, que se fundamenta en un decepcionante radicalismo donde la sabiduría ha sido suplantada por estereotipos simplificadores. Ambos pensadores rompen con ellos al abordar sin recetas extremistas los peligros que acechan, el valor de nuestras utopías, nuestras relaciones con el mundo islámico, la democratización de la riqueza, los axiomas del ecologismo o la presencia creciente del terror, con la constatación de que «con los terroristas no se pueden hacer sesiones de terapia de grupo». Los latidos del mundo es un debate repleto de sabiduría y humildad al afrontar los complejos problemas de la existencia actual, un diálogo que se rebela contra el estereotipo sectario y nos señala el camino hacia una nueva vida intelectual europea que salga del actual imperio del radicalismo.

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