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LIBROS : MARÍA JOSÉ VILLARVERDE RICO, La ilusión republicana. Ideales y mitos
Enviado por Anónimo el 2/4/2009 18:20:00 (8523 Lecturas)

La ilusión republicana: ideales y mitos  Título: La ilusión republicana Autor/es: Villaverde Rico, María José (Autor/a) Colección: Biblioteca de Historia y Pensamiento Político I.S.B.N.: 978-84-309-4663-1. Fecha de publicación: 25-04-2008.

María José Villaverde, profesora en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid desde hace 27 años, autora de "La ilusión republicana, ideales y mitos", afirma que "el objetivo de este libro es desvelar lo que se esconde tras la atractiva retórica republicana. Desmitifica el legado republicano, y denuncia la tergiversación de algunos de los más importantes teóricos neo-republicanos".

La autora asegura que su libro ofrece "una panorámica de las posiciones del republicanismo actual, e incide sobre el antagonismo que hoy enfrenta a la concepción republicana, al ideal del "zoon politikon", (de la vida consagrada a la actividad pública como la mejor vida posible), y a esa otra visión del mundo que arranca en Sócrates y que heredó el liberalismo, que sitúa la felicidad y el bien en la esfera privada. La búsqueda de la perfección puede requerir horizontes mas vastos que los que ofrece el mundo de la política".

Villaverde ha sido investigadora invitada en la Universidad de York (Gran Bretaña), profesora visitante en el IDEA (Instituto de Estudios Avanzados de Venezuela), conferenciante en las Universidades de París I-Sorbona, París IV-Sorbona, y Central de Caracas, entre otras, y ha publicado en editoriales y revistas de Gran Bretaña, Francia, Portugal, Brasil, Venezuela, Canadá y Estados Unidos.


Cruzada liberal
reseña de Helena Béjar

Helena Béjar  El republicanismo es la tradición política que ensalza al hombre como ciudadano y defiende que la realización humana tiene lugar con la participación. Para la autora de este libro esto es una ilusión. Dicho concepto se define en el DRAE como una «representación sin verdadera realidad»; como «una esperanza de cumplimiento atractivo»; como «viva complacencia en una persona, cosa o tarea». No está claro en qué sentido lo entiende la autora, que afirma que dicha ilusión se produce cuando se quiere hacer del republicanismo una opción política alternativa a la democracia liberal. Pero ¿quién quiere semejante cosa? Ni Pettit ni Viroli, los blancos preferidos de Villaverde para caricaturizar el neorrepublicanismo, ni Pocock ni Skinner, ni tampoco quienes hemos contribuido a dar a conocer dicha tradición en España.

Vayamos por partes. Primero los clásicos. Villaverde carga contra ciertos autores; al Maquiavelo que busca la grandeza -si se le lee como teórico del Estado y no de las ciudades libres de Italia frente al Imperio- y, hay que subrayar, de la libertad política, o al Rousseau que condena la representación y nos conmina a ser libres. Pero Rousseau, que conoce muy bien la autora, es más que un autoritario. En su republicanismo antiguo hay elementos tan valiosos como la crítica a la modernidad desigual y la concepción sacralizada de la ley, cuya naturaleza moral fue el faro de alguien tan poco sospechoso de autoritarismo como Kant, inspirador de Habermas en su peculiar republicanismo.

Democracia participativa. Llama la atención que Villaverde se indigne por la interpretación republicana de la revolución americana, y que siga reivindicando a Locke, mientras descuida a Jefferson, resistente a las etiquetas y teórico de una democracia participativa muy cercana a cierto republicanismo. Tampoco cree que Constant y Tocqueville sean republicanos. Por lo menos concedamos que el primero advierte, y ello no es baladí, sobre los peligros de la libertad puramente privada y por ende de la necesidad de la participación. Pero quien encaja con una lectura republicana es Tocqueville. Por su desarrollo del aviso de Constant y su énfasis en la necesidad de la participación. En todo caso, no parece necesario para el debate intelectual empeñarse en situar a los clásicos más ricos en bando alguno.

Pero si Villaverde niega la paternidad de algunos clásicos del republicanismo (lo que le dejaría como una ilusión, en tanto que representación sin realidad teórica) le interesa más cargar contra los contemporáneos. Mas no parece justo meter a MacIntyre en el saco de republicanismo alguno, a costa de hacer de dicha tradición un engendro. Más interés tiene el tratamiento que Villaverde hace del republicanismo instrumental (donde puede entrar Tocqueville) cuyo representante sería Skinner.

Simplificación. Por cierto, que éste reivindica en lúcido escrito la innecesaria tarea de actualizar a los clásicos y su valor en sí mismos para la teoría política. Por ello creo que se distancia del neorrepublicanismo de Pettit y Viroli, blancos preferidos de la autora, y que articularían, ahora sí, una ilusión como tarea (política) de atractivo cumplimiento. Cierto que Viroli sustituye el republicanismo clásico (de Aristóteles, Maquiavelo, Rousseau o Jefferson) como una teoría de la participación por una de la libertad política. El revisionismo de Viroli propone que existe una continuidad entre republicanismo y liberalismo y subraya la defensa de la ley como garantía de la no interferencia de los poderes arbitrarios. Pero para eso ya teníamos a Constant. Y también es cierto que la libertad como no dominación que propone Pettit puede ser compartida por un liberal. Y que simplifica todo para hacer de Zapatero un republicano sin tacha.

Villaverde tiene razón en su crítica mordaz al neorrepublicanismo light: la prueba del nueve de la originalidad de un lenguaje político es que sea distinguible netamente de otros. Porque hay que analizar si la democracia deliberativa de Sunstein, el imperativo de la no dominación de Pettit o el respeto a la ley de Viroli son privativos de una política republicana o encajan con una liberal. Si es así, quizá el republicanismo contemporáneo no sea sino una ilusión. La virtud cívica se puede decir también desde el liberalismo. Mi propia visión del republicanismo moderno es distanciada, mientras que sí creo que hay una tradición republicana en los clásicos y que hemos de beber en sus fuentes para conocer algo más allá y anterior al esperanto liberal que Villaverde abraza sin resquicio. Libro inteligente y apasionado a la contra de las modas teóricas. Cumple una tarea intelectual con viva complacencia, es decir, una ilusión.


Publicado originalmente en ABCD las Arte y las letras nº 891 (28-2-2009)
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Anónimo
Enviado: 2/4/2009 18:48  Actualizado: 2/4/2009 18:49
 Otra reseña de "La ilusión republicana"
En contra de lo que el título pudiera sugerir a algunos, no trata este libro del ámbito español, ni la “ilusión” se refiere al 14 de abril o a la Segunda República. Tampoco se habla de ese concepto en el sentido de esperanza o alegría, y ni siquiera se establece un marco nacional preciso para el estudio. Dicho en otras palabras y con toda la claridad posible, ésta no es una obra de historia sino de teoría política en sentido estricto. El adjetivo “republicana” hace referencia a res pública, el término clásico que designaba el espacio comunitario en los pensadores griegos (Aristóteles), latinos (Cicerón) y renacentistas (Maquiavelo); y el sustantivo “ilusión” se emplea, como tendremos que argumentar en las líneas que siguen, en una acepción no precisamente positiva que cae dentro de lo que la Real Academia Española llama “concepto, imagen o representación sin verdadera realidad, sugeridos por la imaginación o causados por engaño de los sentidos”. En esta ocasión, para ser exactos, el engaño no vendría de los sentidos, sino de la razón, pero el resultado al fin y al cabo sería el mismo, una percepción distorsionada de la realidad (política) que conduce a planteamientos espurios y, en el mejor de los casos, a propuestas ingenuas.

¿Quiénes son los destinatarios de esta crítica? Básicamente los grandes nombres del republicanismo anglosajón tan en boga en la actualidad, desde Pettit a Viroli, de Pocock a Skinner, aunque también se alude a autores algo menos famosos, como MacIntyre, Taylor o Sandel. Son, reconozcámoslo de entrada, teóricos muy diversos entre sí, de manera que el primer escollo que nos encontramos es bosquejar el suelo común de todos estos profesores que suelen quedar engañosamente unificados con la etiqueta de “neorrepublicanos”. Consciente de la dificultad, la autora se afana desde la introducción en señalar la matriz ideológica de esta tendencia que, en principio, tiene una doble vertiente: la animosidad contra el liberalismo y la denuncia de la “crisis de civilidad” de la sociedad actual. Pero éstos son elementos “anti” y, aun así, tienen una modulación distinta en cada escuela y casi en cada autor. Por tanto, Villaverde se impone, con muy buen criterio, un examen pormenorizado que parte de la concepción clásica (la polis), continúa por Roma y las ciudades italianas del Cinquecento y desemboca en Hobbes, Harrington y Rousseau, intentando siempre calibrar cómo examina esa tradición el nuevo republicanismo. La segunda parte del estudio se dedica ya al análisis concreto de las propuestas actuales, como las apelaciones “virtuosas”, el “foro cívico”, la “libertad negativa”, la “no dominación” de Pettit o el “tercer concepto de libertad” de Skinner.

El balance es demoledor. Primero, siguiendo siempre a Villaverde, porque lo que hacen los nuevos teóricos no es más que una lectura sesgada de los clásicos, sin atender al contexto, llegándose incluso, en algunos casos, a una abierta manipulación. Por citar un ejemplo flagrante, las urbes renacentistas italianas que Pocock y compañía veneran como “faro y guía de nuestras democracias” eran unas sociedades aristocráticas basadas, como buena parte de la propia tradición republicana, en valores elitistas, intolerantes y belicosos, muy distintos a los ideales pacifistas, igualitarios y participativos a los que aspiramos hoy en día.

Peor aún es lo que pasa con el comunitarismo de raigambre aristotélica (MacIntyre) que termina por fomentar una visión dogmática, particularista y excluyente. Esta tendencia “coactiva” -la participación como obligación- está también presente en Skinner, propiciando una descarada conculcación de la libertad y autonomía individual. En su vertiente light, la alternativa republicana defiende las bondades de la “deliberación racional” como método de solución de conflictos, una directriz que habría que calificar como mínimo de ingenua, romántica y anacrónica.

En confrontación con este “adanismo”, la autora se sitúa en una perspectiva de rechazo a una “verdad política única” y a una unívoca “noción de bien común”, reconociendo que una sociedad compleja alberga diferencias e intereses “posiblemente irreconciliables”. No hay necesariamente que lamentarlo, arguye, ni adoptar un voluntarismo que esconde en el fondo lo que Habermas llama una “deriva neoabsolutista”. Para Villaverde, bajo su capa amable, el pensamiento republicano mantiene una fuerte desconfianza hacia el individuo y el ejercicio de la libertad y, por encima de todo, una “profunda intolerancia”.

Aunque, como decía al principio, apenas hay referencias explícitas a España, el debate nos interesa, más allá del ámbito puramente doctrinal. No en vano, como se recuerda en la pág. 12, “el presidente Rodríguez Zapatero ha aplaudido con entusiasmo las propuestas de Philip Petit, uno de los más reputados neo-republicanos”.
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Reseña de Rafael NUÑEZ FLORENCIO, publicada originalmente en El Cultural, 2-4-2009)

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